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En un humilde ranchito nació, un día cualquiera que nadie recuerda, el niño Jesús. Su mamá, quien no lo trajo virgen al mundo, comenzó a parir a los 15 años y ya a los 21 tiene en su haber siete muchachitos, todos seguiditos, todos hambrientos y todos con una tristeza tatuada en sus caritas de viejos. Ella no puede envolverlo en sabanitas coloridas y hermosas porque no las tiene, ni ponerle un azabache para el mal de ojo, ni un coral, ni menos aún una pulsera de oro con su nombre grabado. Para su nacimiento no hubo Reyes Magos que, guiados por una estrella, vinieran a ofrendarlo y de haberlos tenido, probablemente habrían sido atracados y despojados de sus tesoros de oro, incienso y mirra antes de llegar al pesebre, e incluso dentro de él.
Ese niño Jesús es real, existe. Nace en la más absoluta pobreza pero no redime a la humanidad. Al contrario, la señala y hasta la responsabiliza de su penuria. Crece entre la escasez y el abandono y es obligado, por supervivencia, a hacerse adulto a los seis años. No va a la escuela pues tiene la responsabilidad de trabajar y muchas noches se acuesta con los pies cansados y el estómago vacío.
Él se para en los semáforos, día a día, a hacer malabarismo por una monedita que, con desprecio o lástima, en ocasiones le damos. También anda por las calles hasta muy tarde en la noche, soportando el frío, con sus ramitos de flores mustias como su mirada, clamando desesperadamente porque le compremos una solita. Suele estar a la entrada de nuestro restaurant preferido, experimentando, en su alma de seis años el rechazo absoluto y la falta de amor. Sintiendo el castigo del estigma de la pobreza en su destino turbio y gris y la crueldad del más fuerte, del más grande, del más poderoso sobre su indefensión.
Ese niño Jesús es crucificado a diario y somos nosotros quienes aportamos los clavos con una indiferencia perversa que nos exime de responsabilidades ante una realidad que sí nos pertenece. Él pudo ser mi hijo o el hijo del amigo, incluso el suyo y su pena debería, cuando menos, inquietarnos. Su presente y su futuro también son de nuestra competencia pues de ello depende que tengamos un mundo de Redentores.
Aprovechemos la llegada de esta nueva Navidad y de la celebración del nacimiento del Niño de Belén para reflexionar y considerar la posibilidad de estar más presentes ante el problema de la niñez en nuestro país. Hay una gran cantidad de instituciones que necesitan de su mano amiga para sumar en pro de la infancia abandonada, de los niños de la calle, de los que viven en situación de maltrato, de pobreza extrema, de orfandad, de drogas. Hay campañas en las que podemos adoptar un niño a distancia y contribuir, cual héroes anónimos, mes a mes con un mejor porvenir para él. Otras en las que, simplemente, podemos aportar un humilde granito de arena que sí hace una inmensa torre de solidaridad.
En esta época de corazones felices, desbordantes de amor y alegría, de celebraciones, de hallacas, de fiestas y de regalos, dediquemos un espacio de compromiso a tanto niño Jesús vivo que anda de la mano de la miseria por las calles de esta ciudad. Segura estoy que el Niño Bendito de Belén, agradecerá y bendecirá su noble intención.
Feliz Navidad.
Jorgita Rodríguez (Productora Teatral)
talentofemenino@gmail.com
Directora General del Portal
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