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"Libertador" libra otra batalla
E. A, Moreno Uribe

La traición de los Judas neogranadinos y venezolanos, de principio a fin, marca o identifica la película  Libertador  de Alberto Arvelo, la  cual libra ahora otra batalla para llegar hasta los espectadores y suscitar, como es normal, una polémica o una exaltación por tratarse de un producto artístico, de comprobada calidad, según nuestro criterio, que echa luces sobre algunos aspectos de la vida del ilustre Simón Bolívar.

El 25 de septiembre de 1828 y el 1 de diciembre de 1830, Bogotá y Barraquilla (costa atlántica de la naciente y casi moribunda Gran Colombia), son los lapsos históricos y espaciales entre los cuales transcurre este largometraje de 120 minutos sobre aspectos cruciales del periplo del Libertador: la conspiración de Santander  que fracasa y su otro y definitivo zarpazo, el cual pone fin al ciclo del héroe. Ahí están condensados los largos 47 años vitales del caraqueño que le tumbó, primero en un juego de pelota, la corona a Fernando VII e inauguró un ciclo de luchas por la libertad y la igualdad en las que fueron las provincias del Reino de España. ¡Reivindicaciones que aún no están logradas plenamente!

No hizo Arvelo  una obra cinematográfica ceñida estrictamente a la historia como tal. El guionista Timothy J. Sexton, habilidosamente, plasma la infancia, la díscola juventud y su primer y único amor de Bolívar, para meterlo en la guerra sin cuartel contra los españoles y después en el conflicto  por el poder político con los nuevos líderes de  los pueblos o naciones que iba liberando o libertando, hasta caer finalmente en manos de la muerte, bien por las enfermedades o por la sevicia del sicario de turno.

Libertador, más alla de la revisión histórica que propone, es un estremecedor espectáculo, donde la fotografía conmueve por la violencia de los combates cuerpo a cuerpo o por la ferocidad de la misma naturaleza. No hay tiempo, por así decirlo, para degustar los enfoques de las batallas o el tránsito de los ejércitos hacia los campos de batalla. Es pura creación cinematográfica y de calidad .

Hay aspectos del guión y su alucinante realización que impactan, como es la batalla por el puente de Boyacá (7 de agosto de 1819), la cual permitió la creación de  la Gran Colombia, capturar Bogotá y avanzar  hacia al sur, al tiempo que en Venezuela se abría otra conspiración y Páez terminaría por apoderarse del gobierno de Caracas.

No podía faltar el discurso libertario y antimperialista de Bolívar, el cual se desliza suavemente en algunas secuencias o con violencia, como cuando el financista inglés de los patriotas quiere cobrar los préstamos y el Libertador lo pone en su sitio. La independencia americana se pagó con sangre y oro, porque los foráneos prestamistas cobraron de muchas maneras.

 En síntesis, Libertador muestra al valiente y enamoradizo Bolívar desafiando a su destino y buscado siempre a los amigos leales, porque muchos lo abandonaron, bebiendo del amor de su primera esposa y de la indómita Manuelita.

El epílogo impacta porque no se ciñe a la supuesta verdad histórica conocida. Bolívar no se puede embarcar para salir de la Gran Colombia y proseguir combatiendo por sus ideales porque unos militares lo detienen. Cae el telón para el héroe, por así decirlo, y  un texto en la pantalla informa que murió de tuberculosis 16 días después. ¿Lo mataron? ¿Lo envenenaron? ¿Tenía razón el presidente Chávez al haber solicitado una investigación más seria sobre esa  oscura etapa de nuestro héroe? ¡No sabemos!

 Libertador es, pues, una contundente versión cinematográfica sobre el alfa y el omega de la nacionalidad latinoamericana y por ende venezolana. Recordamos aquí como Arvelo nos declaró que los próceres de nuestra Independencia estaban hechos de la misma madera de que todos estamos hechos, estaban hechos de las mismas necesidades, de los mismos afectos, de las mismas dificultades. “Hemos buscado llegar a ese nivel humano, a esa cotidianidad”. Y eso lo logra, sin lugar a dudas.

Felicitaciones a todo ese conglomerado de actores ahí involucrados, desde el convincente Edgar  Ramírez hasta Erick Wildpret como el Abel americano, o sea Sucre,  sin dejar de resaltar al Simón Rodriguez de Francisco Denis.

Creemos que Hugo Chávez habría aplaudido hasta rabiar, pero también, como Bolívar, se marchó antes y a destiempo.

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